Venecia no se parece a ningún otro lugar. No hay coches, no hay semáforos, no hay calles como las entendemos. Solo agua. Canales. Puentes.
Y en medio de todo eso, los vaporettos, esos barcos-autobús que van y vienen por el Gran Canal como si nada. Al principio me parecieron una curiosidad más, casi una atracción turística. Pero luego entendí que son mucho más que eso.
Sí, merece la pena moverse en vaporetto, pero no solo por la comodidad. También por lo que se siente.
Lo práctico primero
Moverse a pie en Venecia es precioso… pero también puede ser agotador. Las distancias no parecen largas en el mapa, pero entre tanto puente, escalinata, callejón sin salida y desorientación, te das cuenta de que el vaporetto no es un lujo: es una necesidad.
El GPS no funciona bien en Venecia. Las calles son tan irregulares y laberínticas que el sistema de navegación suele confundirse. A veces creés que vas bien… y terminás frente a un canal sin salida.
En ese caos encantador, el vaporetto se convierte en un aliado valioso. Es una forma segura y directa de orientarte cuando todo lo demás parece un laberinto flotante.
Yo compré un pase de 24 horas y lo aproveché muchísimo. Subí y bajé sin preocuparme por los billetes individuales. Es caro si compras trayectos sueltos, pero con pase, es razonable. Además, el transporte público en Venecia es literalmente una experiencia cultural.
Pero más allá de lo práctico…
Hubo un momento —de pie en la parte trasera del vaporetto, al atardecer, cruzando el Gran Canal— en que me sentí como si estuviera dentro de una pintura viva.
El agua se teñía de naranja, las fachadas brillaban como oro viejo, y la ciudad se deslizaba a mi lado, silenciosa y eterna.
Moverse en vaporetto te da otra perspectiva: más lenta, más panorámica, más contemplativa.
A pie, estás dentro del laberinto.
En vaporetto, lo ves desde fuera.
Y eso cambia todo.
Según mi experiencia…
Sí. Merece la pena.
No solo por ahorrar caminatas o conectar bien la ciudad. También porque te regala momentos únicos: flotar, mirar, respirar… entender por qué esta ciudad ha inspirado a tantos.
Y eso, en un viaje —y en la vida— a veces es más que suficiente.